Este es mi octavo aterrizaje en
Puerto Príncipe en los últimos dos años. Desde el avión, busco con mi cámara
algún barco en el puerto. Hay uno. Siempre la misma foto, quizá el mismo barco
con diferente mercancía. Tal vez traiga instrumentos musicales, ropa, juguetes,
libros… Hace casi dos años llegaban aviones con ayuda humanitaria, ya no. Pero
esta es una historia al revés. Las historias de Haití empiezan con sus cifras,
y a partir de ahí continúa una interminable galería de horrores. Este es un
pequeño retrato al revés porque siempre que vuelvo siento esos paraísos que suelen
permanecer escondidos a simple vista.
Puedo ver la carretera que lleva
hasta Léogâne, la ciudad que fue destruida en un ochenta por ciento por el
terremoto del 2010, y la única casa que hay con muelle –y yate- (me divierte
luego buscarla cuando vamos en coche por esa carretera).
Ya en tierra, busco con la cámara
los paraísos de la gente. Subo a la terraza del Restaurante View. En 30 segundos, el ascensor te
deja en el séptimo piso de un edificio de aspecto parisino. Me llevaron por
primera vez mis compañeros Gonzalo y Jesús hace más de un año. Y aquí estoy de
nuevo, en el Olimpo de la alta sociedad haitiana. Me pone un poco nerviosa este
sitio. Es un buen mirador de la ciudad, pero me cuesta hacer fotos a través de
las copas de cristal de sus mesas y la cubertería de plata. Aún así, consigo
tirar algunas fotos.
La lente de la cámara escudriña
las laderas del barrio de Soucis, formado por inmensas cascadas de casas. Están
ahí mismo, a unos cien metros de estas mesas que parecen acicaladas para algún
bodorrio. Qué contraste tan desmesurado.
Paraísos cotidianos en las
laderas superpobladas de Puerto Príncipe. Con la cámara puedo verlo todo, pero
no quiero. Cada vez me siento más culpable cuando hago fotos en Haití. Es fácil
ser impúdico y fotografiar la pobreza e intimidad de la gente que vive
prácticamente en la calle, pero no quiero hacer eso. Y ellos tampoco. Busco
otras cosas. Me encantan los colores de la ropa tendida, las mujeres con sus
trajes blancos, impolutos. Me sorprende ver en medio de tanta basura a la gente
aseada y con la ropa limpia. Busco detalles sobre la vida cotidiana, y no deja
de ser cómico pensar en el cuento “Buscando a Wally” cuando miro desde el
objetivo de la cámara esta ensalada de escombros, hormigón y gente.
No puedo evitar reírme de lo
absurdo que es pensar que esta gente no es feliz, aún en su pobreza. Muchos lo
son, en sus mejores momentos. Otros, nunca, como en todas partes. Me quedaría
horas fotografiando esa colmena deforme en la que viven miles de personas, que
bajan, y suben por pequeñísimas escaleras, juegan en las azoteas, tienden la
ropa, están. Están vivos. Buscaría las macetas en los balcones derrumbados,
cualquier rastro de vida, pero hay tantos.
La Plaza Saint Pierre. Siempre la
imaginé como una de esas plazas de ciudades latinoamericanas con banda sonora
de documental de La 2, en los que hablan de paraísos cercanos. Hace unos meses, se hacinaban cientos de
personas. Ya se fueron. ¿Pero a dónde? Una tarde de domingo cualquiera,
(¿cuántos helados se comerán en el mundo entre las tres y las seis de la tarde
de un domingo en esas miles de ciudades en las que siempre hace calor y que
parecen tan apacibles?). Las palomas comiéndose todo lo que pillan, la gente
sentada en los bancos, viendo pasar a los transeúntes. Risotadas de
adolescentes. Comentarios entre las chicas sobre el guaperas de turno, y de
fondo, la puerta de la Iglesia de Saint Pierre, donde hay misa. Tengo que
acordarme de contarles a los periodistas de “Asuntos propios” que la Plaza
Saint Pierre, la que está frente al Hotel Kinam, ya no es un campo de
desplazados. Seguro que se alegran. Éstas son las cosas que nos hacen pensar que
en esta ciudad está habiendo cambios, que tendrán que ser cientos, miles, y que
llevará tiempo, pero para la gente que vive aquí, Puerto Príncipe está
cambiando.
Todavía hay más de quinientas mil
personas viviendo en campos de desplazados en Puerto Príncipe (volvemos al
principio de las historias comunes sobre Haití), y otros cientos de miles en
barrios con infinitas necesidades. La labor actual de Cruz Roja en la capital
consiste, entre otras cosas, en acompañar a las personas que permanecen en los
campos de desplazados a gestionar las instalaciones de agua y saneamiento,
hasta que puedan regresar a sus casas; insistir en que la higiene es esencial
para evitar epidemias, ayudar a las personas que regresan a sus hogares a
recuperar su vida. Les queda tanto por hacer a los haitianos, y tienen una
historia tan llena de sobresaltos políticos, que mucha gente se resigna a lo
que venga. Pero se necesitan luchadores, y los hay, que sepan darle la vuelta a
las historias que se cuenten sobre Haití.
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