Vivimos en una sociedad en la que no paramos de escuchar contínuamente reproches hacia "el otro", el ajeno, el diferente. La responsabilidad deja de ser un deber inherente a uno mismo y se convierte en un deber de los demás... Cada vez nos sentimos menos responsables de la educación de nuestros hijos, de la ayuda a nuestros mayores, del entorno que nos rodea, incluso de nuestras propias actuaciones. Tenemos la necesidad de culpabilizar de nuestras acciones a agentes externos, pues a buen seguro es menos complicado que realizar un viaje a nuestro interior.
Afortunadamente, no todo es así, hay multitud de casos de éxito que invitan a intentar un cambio de actitud. Desde el famoso "No te preguntes qué hace tu país por ti, sino qué puedes hacer tu por él" (John Fitzgerald Kennedy) hasta los gestos y frases anónimas de cuantos creen que de nada sirve exigir a los demás, si no nos exigimos a nosotros mismos. Todos ellos tienen algo en común: inciden en la necesidad de creer en uno mismo, realizar una autovaloración y ver qué puedo hacer por mi entorno para mejorarlo.
A veces podemos caer el la falsa premisa de que es más fácil derribar el trabajo de los demás que aportar o crear, pues cuando alguien construye, se expone a ser juzgado, valorado, rechazado... o ¿Quién sabe? ¿Felicitado?
Si creemos en nosotros mismos y somos capaces de apreciar nuestros potenciales, estaremos en disposición de ofrecer un excelente recurso a quien nos rodea ¿no es apasoniante?
El voluntariado constituye la máxima expresión de la autoexigencia: aportar a los demás, en vez de esperar que los demás reaccionen por uno.
Por tanto, mi apuesta es clara: CONSTRUYE! El Mundo te necesita!