José Reyes. Delegado internacional de Cruz Roja Española. Maputo, Mozambique. Es sábado por la tarde y, pese que hay 290 C, fuera llueve con intensidad. Si ahora mismo pudiera convertirme en un inmenso paraguas o en pequeños chubasqueros de justicia para cada una de las personas que se que se están mojando sin remedio aquí y en otros tantos lugares del mundo, sería… ¿un sueño? ¿una utopía…?. Personas que se mojan con el agua del cielo, que hasta puede ser motivo de fiesta por las sequías, pero que para otros representa inundaciones, cólera, malaria, pérdidas de los medios de subsistencia. Ahora estoy aquí, en Mozambique, por las inundaciones, pero podrían ser otras tantas causas en otros tantos lugares…
Se que sobra decir que hay lluvia en diversas formas. De guerra, hambre, injusticia, hasta de millones. Todo eso que ya sabemos. No me diferencia nada contigo, tú lo sabes y yo lo sé. Ocurre, lo ves a diario en un pantallazo en el noticiario, la prensa, la radio, sucede, es real.
Ser delegado o delegada, como cualquier otra profesión, no es sencillo. Dice un gran amigo mío que es “todo un oficio”. Conseguir el equilibrio entre la necesaria burocracia y el trabajo de campo y lo que lo rodea junto con tus emociones, necesita de algo más que las 24 horas que nos ofrece el día.
Hoy, por ejemplo, el sol ha entrado por la habitación inevitablemente a las 05:32 minutos de la mañana, de nada ha servido la toalla que he situado donde falta el cristal de la habitación. Tanto el sol como los mosquitos han podido entrar. Hay un tremendo olor a tabaco, la señora de la pensión dice que ayer mismo salió una pareja que vivió aquí un mes y fumaban ambos puros. Después de asearme, he ido a la Cruz Roja Mozambiqueña y hemos trabajado hasta la tarde en el plan de respuesta a la emergencia. Después de una tormenta tropical con rachas de vientos muy fuertes, ha venido un ciclón que ha azotado la zona norte del país. Lluvias, ríos desbordados, destrucción por los vientos, varias personas han fallecido y hay cientos de heridos, daños en infraestructuras, colegios y centros de salud, campos anegados. Los voluntarios y voluntarias de la Cruz Roja Mozambiqueña, que viven en la zona, están seguros de que, además de lo ocurrido, han de temer las posteriores enfermedades relacionadas con el saneamiento y el agua. Han hecho una asistencia increíble, están trabajando en primeros auxilios, rehabilitación de letrinas, sensibilización, potabilización de agua y tratamiento de pozos, distribución de artículos de abrigo y refugio. Nuestro apoyo desde Cruz Roja Española se va a centrar en trabajar las líneas de salud y saneamiento, mediante la entrega de materiales para la prevención y tratamiento de enfermedades relacionadas con el agua, como la malaria y el cólera, así como con un fuerte componente de sensibilización mediante radio local, puerta a puerta y de sensibilización de “pares” en colegios y centros sociales.
Es tarde, son casi las 19:00 horas, y aún faltan los informes, es recomendable regresar a la pensión antes de que anochezca.
Soy voluntario de la Cruz Roja desde muy pequeño, mis padres también lo eran y pasábamos en un pequeño pueblo de Tenerife, Güímar, largas tardes, noches, fines de semana… Comencé en Cruz Roja Juventud, con un tambor que casi era más grande que yo. Jamás olvidaré la vestimenta: camisa azul clara de botones, manoplas, un cordel rojo y el escudo. Ja, ja, parece que huelo al limpiador de metales que usábamos para abrillantar los instrumentos.
En realidad, lo que me recuerda ese olor es el cloro que tenemos almacenado en Maputo para la respuesta a la emergencia para algo más de 4500 familias que tienen dificultades, se mojan. Desde hace unos años, veo el vaso medio lleno. Fui creciendo y madurando con la Cruz Roja. Es curioso, pero cuando estás sólo contigo, como ahora, puedes echar la vista atrás y verte. Mi vida siempre ha estado ligada a Cruz Roja. Un día llegó la oportunidad de ir como delegado. Casi sin darme cuenta ya había pasado 15 años ligado a Socorros, Intervención Social, Cooperación, Juventud… Desde entonces, y durante los últimos 11 años, he trabajado en más de 17 países en operaciones de emergencia y desarrollo. Es difícil, muy difícil intentar expresar lo vivido, el conocimiento, las relaciones de amistad, agradecimientos en unas líneas. Creo que sería suficiente decir que, en cada lugar dónde he estado, me ha recibido personas como tú y como yo, voluntarios con una gran sonrisa. Distintas culturas, miles de kilómetros de diferencia, distintas lenguas, casas, educación, religión, raza, pero con un denominador común: la humanidad.
Estos regalos que te haces en ocasiones, sólo para ti como leer este pequeño artículo, hacen falta. Hace falta salir del mundo que gira a una velocidad vertiginosa, sentarte unos minutos y ver que en esta paradoja de ver el vaso medio lleno por la propia lluvia, tus acciones de ahí más las mías aquí nos aproximan más y más a las personas, al desafío de trabajar juntos para demostrar a los impasibles que, por supuesto, es una realidad, no una utopía, el que entre todos consigamos que las personas se mojen ahí afuera un poco menos.
Puedo asegurarte que gracias a ti, están más abrigadas, menos olvidadas y más presentes en nuestras conciencias. No hay que venir a Mozambique, cerca de tu casa, en tu calle, en tu barrio, en tu portal alguien necesita un voluntario/a. En Maputo aún sigue lloviendo…, continuamos gracias a ti próximos a las personas que nos necesitan.
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