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Pakistán: Ahmed y el agua

Comunicación 2.0 |   | Tags:  pakistan ortega agua carlos | Comments (0)  |  Visits (1,267)
 
 
 

Por Carlos Ortega. Delegado de Cruz Roja Española desde Pakistán

 

 

Ahmed tiene 20 años y vive en un poblado de tiendas de campaña en las afueras de Jhudo, al sureste de Pakistán. Vive, o malvive, en el mismo lugar donde la casa de adobe de su familia fue destruida por las inundaciones de julio y agosto del pasado año 2011. Las mismas que tuvieron lugar en 2010 y en 2007. La vida de Ahmed está marcada por el desastre que provocan las inundaciones.

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Jhudo es un pueblo al que se llega por una carretera, así llamada de forma optimista. En la polvorienta calle principal de pueblo, nos encontramos con una abigarrada mezcla de perros, carros tirados por burritos (¡pobres burritos!) o dromedarios, coches, motos, autobuses cargados de personas, camiones y tractores agrícolas, todo ello flanqueado por los carritos de vendedores ambulantes de comida, los que venden arena o paja, los que inflan ruedas, y un sinfín de minúsculos negocios, por llamarlos de alguna forma, que permiten a sus propietarios sobrevivir. / subsistir.

 

Ahmed y su familia sobreviven gracias a los trabajos que, de vez en cuando, puede encontrar descargando camiones, por ejemplo, pero, sobre todo, gracias al apoyo de organizaciones como Cruz Roja y la Media Luna Roja. La Media Luna Roja de Pakistán ha repartido a familias como la de Ahmed, tiendas, mantas, artículos de higiene, comida y artículos para cocinar, puesto que las inundaciones se llevaron los pocos enseres que tenían. Pero también ha distribuido agua potable, elemento esencial para evitar las múltiples enfermedades que el agua contaminada produce en los seres humanos y, muy especialmente, en los niños.

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Durante tres meses, Cruz Roja Española ha estado trabajando con la Media Luna Roja de Pakistán para que personas como Ahmed puedan tener agua potable, ya que sus tradicionales fuentes de agua habían quedado contaminas por las inundaciones. Gracias a las plantas potabilizadoras y el equipamiento donado por Cruz Roja Española a la Media Luna Roja de Pakistán en las operaciones de emergencia de 2007 y 2010, se ha podido dar agua a miles de personas en diferentes zonas de Pakistán. Además, en esta ocasión técnicos de agua de Cruz Roja Española han estado colaborando con la Media Luna Roja para que la utilización de las plantas sea lo más óptima posible y permita llegar a mayor número de personas.

 

Puede que Ahmed y su familia estén afectados por más inundaciones en años venideros, lo cual es probable puesto que allí desafortunadamente no disponen de las mismas obras de ingeniería que en España, pero mientras esa situación avanza, podrán contar con el apoyo de la Media Luna Roja de Pakistán y de Cruz Roja Española, que gracias a las contribuciones de los habitantes de España, apoya para que una situación mejor sea posible.

 

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Haití: Pequeño relato al revés

Comunicación 2.0 |   | Tags:  beatriz haiti garlaschi | Comments (0)  |  Visits (2,218)
 
 

Por Beatriz Garlaschi. Delegada de Cruz Roja Española, desde Haití

 

Este es mi octavo aterrizaje en Puerto Príncipe en los últimos dos años. Desde el avión, busco con mi cámara algún barco en el puerto. Hay uno. Siempre la misma foto, quizá el mismo barco con diferente mercancía. Tal vez traiga instrumentos musicales, ropa, juguetes, libros… Hace casi dos años llegaban aviones con ayuda humanitaria, ya no. Pero esta es una historia al revés. Las historias de Haití empiezan con sus cifras, y a partir de ahí continúa una interminable galería de horrores. Este es un pequeño retrato al revés porque siempre que vuelvo siento esos paraísos que suelen permanecer escondidos a simple vista.

 

Puedo ver la carretera que lleva hasta Léogâne, la ciudad que fue destruida en un ochenta por ciento por el terremoto del 2010, y la única casa que hay con muelle –y yate- (me divierte luego buscarla cuando vamos en coche por esa carretera).

 

Ya en tierra, busco con la cámara los paraísos de la gente. Subo a la terraza del Restaurante View. En 30 segundos, el ascensor te deja en el séptimo piso de un edificio de aspecto parisino. Me llevaron por primera vez mis compañeros Gonzalo y Jesús hace más de un año. Y aquí estoy de nuevo, en el Olimpo de la alta sociedad haitiana. Me pone un poco nerviosa este sitio. Es un buen mirador de la ciudad, pero me cuesta hacer fotos a través de las copas de cristal de sus mesas y la cubertería de plata. Aún así, consigo tirar algunas fotos.

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La lente de la cámara escudriña las laderas del barrio de Soucis, formado por inmensas cascadas de casas. Están ahí mismo, a unos cien metros de estas mesas que parecen acicaladas para algún bodorrio. Qué contraste tan desmesurado.

 

Paraísos cotidianos en las laderas superpobladas de Puerto Príncipe. Con la cámara puedo verlo todo, pero no quiero. Cada vez me siento más culpable cuando hago fotos en Haití. Es fácil ser impúdico y fotografiar la pobreza e intimidad de la gente que vive prácticamente en la calle, pero no quiero hacer eso. Y ellos tampoco. Busco otras cosas. Me encantan los colores de la ropa tendida, las mujeres con sus trajes blancos, impolutos. Me sorprende ver en medio de tanta basura a la gente aseada y con la ropa limpia. Busco detalles sobre la vida cotidiana, y no deja de ser cómico pensar en el cuento “Buscando a Wally” cuando miro desde el objetivo de la cámara esta ensalada de escombros, hormigón y gente.

 

No puedo evitar reírme de lo absurdo que es pensar que esta gente no es feliz, aún en su pobreza. Muchos lo son, en sus mejores momentos. Otros, nunca, como en todas partes. Me quedaría horas fotografiando esa colmena deforme en la que viven miles de personas, que bajan, y suben por pequeñísimas escaleras, juegan en las azoteas, tienden la ropa, están. Están vivos. Buscaría las macetas en los balcones derrumbados, cualquier rastro de vida, pero hay tantos.

 

La Plaza Saint Pierre. Siempre la imaginé como una de esas plazas de ciudades latinoamericanas con banda sonora de documental de La 2, en los que hablan de paraísos cercanos.  Hace unos meses, se hacinaban cientos de personas. Ya se fueron. ¿Pero a dónde?

 

Una tarde de domingo cualquiera, (¿cuántos helados se comerán en el mundo entre las tres y las seis de la tarde de un domingo en esas miles de ciudades en las que siempre hace calor y que parecen tan apacibles?). Las palomas comiéndose todo lo que pillan, la gente sentada en los bancos, viendo pasar a los transeúntes. Risotadas de adolescentes. Comentarios entre las chicas sobre el guaperas de turno, y de fondo, la puerta de la Iglesia de Saint Pierre, donde hay misa. Tengo que acordarme de contarles a los periodistas de “Asuntos propios” que la Plaza Saint Pierre, la que está frente al Hotel Kinam, ya no es un campo de desplazados. Seguro que se alegran. Éstas son las cosas que nos hacen pensar que en esta ciudad está habiendo cambios, que tendrán que ser cientos, miles, y que llevará tiempo, pero para la gente que vive aquí, Puerto Príncipe está cambiando.

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Todavía hay más de quinientas mil personas viviendo en campos de desplazados en Puerto Príncipe (volvemos al principio de las historias comunes sobre Haití), y otros cientos de miles en barrios con infinitas necesidades. La labor actual de Cruz Roja en la capital consiste, entre otras cosas, en acompañar a las personas que permanecen en los campos de desplazados a gestionar las instalaciones de agua y saneamiento, hasta que puedan regresar a sus casas; insistir en que la higiene es esencial para evitar epidemias, ayudar a las personas que regresan a sus hogares a recuperar su vida. Les queda tanto por hacer a los haitianos, y tienen una historia tan llena de sobresaltos políticos, que mucha gente se resigna a lo que venga. Pero se necesitan luchadores, y los hay, que sepan darle la vuelta a las historias que se cuenten sobre Haití.

 

 
 

 

 
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