Digamos primero que los inhalantes o inhalables, componen una amplia gama de substancias químicas, sólidas, gaseosas o volátiles, cuyos vapores psicoactivos, por habitar entre nosotros, son capaces de influir en la modificación de la conducta, en sustitución –por ejemplo- del alcohol.
Ahondando en la cuestión localizamos información en la que se dice que aunque la inhalación de substancias volátiles es un fenómeno de la mitad más o menos del pasado siglo XX, existen datos anteriores que nos trasladan a la Grecia antigua, donde se ubica la utilización de una “esponja somnífera impregnada en un mezcla de opio, mandrágora y beleño cuyos vapores inhalados, adormecían al enfermo antes de ser intervenido quirúrgicamente. Parece ser que fue utilizada por Galeno (200-150 a.c.) e Hipocrates (460-377 a.c.)
Pero hoy; no, para ser intervenido, si no como parte del ocio y la evasión, algunas personas, se recrean en la inhalación voluntaria de determinadas substancias volátiles, obtenidas como consecuencia del notorio avance de la industria química y de los múltiples usos que estas tienen en la sociedad actual.
Los pegamentos, las colas, las pinturas, los productos de belleza, los quitamanchas, los carburantes, etc. son artículos totalmente legales, cuya adquisición en cualquier comercio es totalmente normal y su utilización no es objeto de delito.
Por otro lado, son de un precio ordinario y asequible a cualquier economía. Tanto es así, que hubo un tiempo en que los colegiales más precoces respiraban los vapores de los pegamentos escolares, para estas prácticas.
Sin olvidar por supuesto que su inhalación continuada, sin llegar a adquirir la gravedad de las substancias claramente prohibidas y de las legales como el alcohol y el tabaco, son indudablemente nocivas.
Tanto, que en la indagación y el estudio de este tema, se han localizado más de veinte productos de los que se exhiben para venta en las estanterías de las tiendas al detalle, que podrían ser usadas, como drogas psicoactivas.
Productos que no menciono para no excitar –como suele decirse- la curiosidad del personal, ni contribuir a desarrollar su uso.
Solamente y para que esta información no resulte incompleta, decir que los productos base proceden de los Hidrocarburos aromáticos, halogenados, alifáticos y nitrados; de las cetonas, los ésteres, los alcoholes, los glicoles y otros, como el Ether etílico y el Oxido nitroso.
El proceso biológico que siguen estos inhalantes es totalmente simple, ya que se inicia en la respiración de los vapores por boca o nariz y su llegada a los pulmones.
De los pulmones pasan a la sangre y conducidos por el torrente circulatorio son depositados a los órganos con mayor aporte sanguíneo como el hígado y el cerebro, ya que generalmente las substancias que se usan como inhalantes son solubles en grasa, las cuales tienden a fijarse lentamente en los tejidos ricos en lípidos. Y por tanto donde se va absorber mayor cantidad de inhalantes, va a ser el Sistema Nervioso Central, dando lugar al efecto deseado.
Naturalmente, siempre dependiendo el efecto, de la substancia volátil utilizada, ya que varían de unas a otras; de la cantidad inhalada; del tiempo de exposición; frecuencia de consumo; forma de abuso y otras.
Y luego están los efectos a corto plazo que aparecen inmediatamente después de la inhalación, en los que el usuario presenta un estado similar al de la embriaguez alcohólica: euforia, caracterizada por fantasías, excitación y sonrisa placentera.
Más tarde pueden aparecer náuseas, acompañadas de hipersalivación y alucinaciones.
Los efectos suelen durar varios minutos si la inhalación ha sido breve, ya que después de una hora desaparecen totalmente.
Y los efectos a largo plazo, aparecen después de un abuso continuado durante cierto tiempo.
En este caso, el usuario presenta un cuadro de mayor importancia, con temblor, pérdida de peso, irritabilidad, pérdida de memoria, dificultad para concentrase e ideas paranoides.
Esto –según opinión médica- será reversible si se interrumpe el consumo; aunque se pueden encontrar después de varios años de inhalación, alteraciones renales y hepáticas, así como depresión del Sistema Nervioso Central.
Y esto que parece comenzar como un juego inocente -insisto en el caso de los escolares- que tiene su iniciación, generalmente por la inducción de los compañeros de clase, puede ser el comienzo del paso a otras drogas de peor y más grave impacto; o la introducción a una práctica supuestamente menor, pero, que le puede esclavizar de por vida.
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Gracias a la televisión y su capacidad para transportarnos a los confínes del universo, caso por ejemplo, del ensamblaje de la estación orbital, he podido hacer, desde mi sillón giratorio, un viaje virtual; viaje que quiero calificar de inaudito, a la vez que, de didáctico-repelente.
He viajado de la mano de los Reporteros por los suburbios de ciudades españolas como Málaga, Cantabria y por el Madrid suburbano de la Cañada Real. Y la verdad es que visto lo visto, si hubiese tenido alguna duda sobre el tema, la hora que permanecí atento al programa, me dió la oportunidad de afirmarme en mis arraigadas convicciones y de ver hasta que punto puede llegar la degradación de la persona.
He visto de todo, por que ello, era lo que pretendía el programa. Y por que allí no faltaba nadie. Estaban los traficantes de baja condición social, los que habían hecho de la venta su “modus vivendi”… junto, a ocasionales vendedores; los que pretendían obtener unos ingresos, -decían- por carecer de empleo.
Los primeros ya habituales y los segundos, con normal apariencia de Licenciados en paro.
En otro espacio del cuadro, digno del más rabioso aguafuerte, he visto también a los usuarios: desde el “tio” hecho una piltrafa humana, o la pobre infeliz que con fallos en la dicción, necesitaba la sustancia para mitigar el mono que pugnaba por rebelarse, hasta el que permanecía entero en busca de la droga, para mantener el tipo y dedicarse si acaso, al cortejo. Pasando por la persona hombre o mujer, entrada en años, ya habituada, que se aplicaba la dosis de forma metódica pero desesperanzada.
Se vendía a cincuenta euros el gramo de substancia; una mescolanza envuelta en un kleenex con muy poca asepsia, que los propios usuarios no identificaban; ni siquiera trataban de asegurarse, de su pureza.
Un polvo generalmente blanco o marrón según la clase, que a la vista de las cámaras, aunque respetando por éstas el incógnito y la privacidad personal, era esnifado auxiliándose de los billetes de euros enrollados, tras dosificar las rayitas con la tarjeta de crédito, o siendo disuelto para ser posteriormente, inyectado en vena.
Proliferaba también la venta de pastillas de diversas clases y con efectos variados, que los noctámbulos adquirían para reforzar el efecto del alcohol.
Todo ello en un ambiente sórdido, entre chabolas, sobre un piso imposible de tierra irregular, que con lluvia se transforma en un fangal, en el que abundaban entre la inmundicia, las jeringuillas abandonadas por el suelo.
Si no se tratara de algo tan dramático como es la drogodependencia y sus secuelas, diría que esta aglomeración mundana, en la que la gente
integrada en el ambiente y actuando con la soltura del que está en su propia casa, parecería algo así, como un zoco moruno en plena fiesta.
Se pujaba con la pretensión de conseguir un mejor precio, ya que no, una mejor pero incierta calidad; exponiéndose, aparte del peligro que la adulteración de la droga tiene para la salud, a introducir en el cuerpo una sustancia nociva, o -vaya usted a saber- si una posible sobredosis.
Esto es lo que yo he visto con una mezcla de aversión y desaliento. Lo que yo he sentido, fue era una sensación enorme de impotencia, por no poder, mediante el simple accionamiento del mando del televisor, trasladar a cada actor, años atrás en el tiempo y a su lugar de origen.
No era desde luego, un programa muy gratificante que digamos y al mismo tiempo pienso yo, que sin embargo, era muy recomendable y apto para todos los públicos.
Se habla de los estragos fisiológicos y sociales causados por la droga; pero no se profundiza. Se concretan estos en personas conocidas y lo máximo que hacemos debido a que la psique no se atreve a más, es dedicar un recuerdo a los actores; lleno eso sí, de sentimiento.
Que no olviden los responsables familiares que hoy se puede hacer algo más; bastante más en beneficio de los afectados.
Simplemente afrontando el problema en vez de considerarlo una desgracia y esconderlo debajo de la alfombra.
¿Cómo?
Poniendo al afectado en manos de una organización facultativa dedicada a la prevención –que hay bastantes- donde pueda recibir la atención de un Mediador y los cuidados pertinentes.
Cuanto antes mejor, si se quiere retornar de un viaje incierto y plagado de riesgos.
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Aunque parezca que no viene a cuento, diré que yo empecé a conducir automóviles, justamente en junio del año 1960, cuando pude conseguir mi primer coche. Era un seiscientos de color blanco-crema tapizado en rojo, que a mí me parecía algo así como un Ferrari, pese a que mi pasión no fue nunca la velocidad y a bordo del cual en años sucesivos, tuve ocasión de recorrer en compañía de mi esposa toda España y Portugal.
He de confesar que, aunque aquel coche me dio muchas y repetidas satisfacciones, ya que con él en aquel tiempo, ví cumplida una de mis más caras ilusiones, también me proporcionó un cúmulo de pequeñas inquietudes, que hoy con la perspectiva que da la distancia, veo ya injustificadas.
Había que lavarlo; secarlo al dejarlo en el garaje después de una lluvia torrencial –jamás dejé de hacerlo mientras lo tuve; cosa que no hice más tarde, con los que le sucedieron; ya mas caros y mejores- cuando salía de viaje, tenía que guardarlo por la noche en un garaje por estimar que quedaba más seguro contra el robo, que empezaba ya, proliferar. Y había que cuidar también cuando viajábamos, que en paradas en la ruta y en aparcamientos, no nos lo abrieran para robar su contenido; ya que indefectiblemente quedaba este a la vista sobre el abatido asiento trasero; pues su capacidad, no daba para más.
Solía intercambiar información con otros usuarios tan entusiasmados como yo, que tuvieron asimismo la oportunidad de ver abierta la rendija de la motorización ciudadana, para concordar que en el mosaico de nuestra hermosa España había ciudades donde los raterillos y descuideros eran más hábiles y activos que en las otras, en las cuales había que extremar la vigilancia y precauciones, para que los amigos de lo ajeno no se salieran con la suya. Pese a la incipiente aparición de los “gorrillas” que por unas perras ejercían vigilancia.
Había que proveerse de lo que llamábamos la “tranca” que era una palanca que desde el pedal del cambio hasta el volante impedía toda movilización; o cualquier otro sistema antirrobo no desarrollado como ahora, hasta que los ladronzuelos acababan por hallar la forma de burlar al propietario del vehículo.
Lo que no había, de forma masiva y –digamos- popular, era la droga.
Si; se sabía que existía… que había minorías, círculos y ambientes restringidos y nocturnos donde corrían tales substancias… pero… ahí quedaba el tema.
Como el consumo era más bajo, no era necesario el tráfico y mucho menos como hoy, el macro narcotráfico.
Hoy se ha sofisticado tanto el tema, que resulta que nos mandan de allende las fronteras, un mueble estilo Chipendale y no se sabe si el estilo, es solamente el barniz que lo engalana, que se disuelve con alcohol y que deja al descubierto la substancia.
Por ello, si no fuera que es bueno reconocer las propias limitaciones y que hoy el coche para mí, pasó de “hobby” a herramienta auxiliar; que me sirve para desplazarme a distancias mas o menos cortas y a sitios muy concretos por imperativo de la edad, acusaría esta nueva preocupación que asedia a mucha gente que por el contrario, hace grandes recorridos y que están temiendo actuar, como involuntarios mensajeros.
Porque si fácil es –por ejemplo- introducir la droga dentro de unas chirimoyas, más fácil todavía, es abrir un maletero y aprovechando la ausencia o distracción del conductor, ocultar en él, una cajita con las frutas tropicales.
Dejar luego que el coche recorra unos cientos de kilómetros y una vez en destino, a punta de navaja o como sea, recuperar el botín; si antes por sospecha, o tras hacer un seguimiento del asunto, o argumentando cualquier otra causa, resulta que es la Policía la que interviene el alijo, sin que el pacífico, despistado y aséptico conductor, pueda acreditarse y demostrar su inocencia.
Es más; por Internet se nos muestran imágenes de una botella de agua mineral trucada, con dos compartimentos; uno en el fondo y visible con el agua y otro invisible bajo la etiqueta, para albergar la droga, con la recomendación de que en una estación o aeropuerto desoigamos a quien nos ruega que le sostengamos la botella.
Y así estamos; la picaresca está, pero que muy avanzada y cualquier procedimiento vale para traficar con droga; aunque sea a base de implicar en el delito, a personas indiferentes e inocentes.
Lo que obliga al conductor normal o a cualquier persona a quienes brindamos estos datos, a estar ojo avizor, no bajar la guardia y rechazar incluso cualquier petición de esta índole, que le sea formulada.
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Una información reciente, del mes de marzo concretamente, venía a decir que la entrada en vigor de la nueva ley antitabaco había empezado a tener consecuencias negativas para las arcas del Tesoro, ya que el Ministerio de Hacienda había recaudado 215 millones de euros menos que en el mismo mes del pasado año.
Ello se debe por supuesto, si las cifras son creíbles, al descenso en el consumo del tabaco, lo cual ha venido a acreditar el éxito de la aplicación de la Ley. Y de la campaña organizada al efecto. Y a la que yo modestamente he colaborado y continúo haciéndolo, convencido de que es un propósito firme y no una pose superficial.
Y por tanto, lo mismo personalmente como propagandista convicto y confeso que soy de la importancia que tiene la salud y la sanidad, no solamente a nivel personal, si no a nivel comunitario e incluso nacional; después de rascarme tenuamente la cabeza y decir para mis adentros aquello de… “cáspita” seguido de aquello otro… “átame esa mosca por el rabo” pienso que no es bueno anticipar conclusiones y que habremos de esperar, no se si a corto, medio, o largo plazo, a que el Ministerio de Sanidad pueda hacer sus cuentas, evaluar la situación y emitir sus cifras; para saber si lo que hemos ahorrado –que también es beneficio- al evitar los costes de enfermedades tales como el asma, enfermedades coronarias, el ictus, y el cáncer de pulmón; y entre otras complicaciones, la enfermedad pulmonar obstructiva, merece el revulsivo provocado por la Ley. Revulsivo que hoy podemos asemejar a una tormenta en un vaso de agua.
Yo he tratado en vano, de encontrar cifras procedentes del organismo sanitario relacionadas con el tema.
Quizás sea pronto todavía para llegar a obtener un resultado. Solo he conseguido dada la importancia que la vida, tiene, el saber aproximadamente cuantas podían salvarse tras dejar el hábito mimético del cigarrillo o de evitar que los “malos humos” puedan afectar a quien no se sienta interesado. Dato por tanto, de momento, inaccesible.
Y como quiera que una vida y si son muchas con mayor razón, no son económicamente comparables por aquello de que “la vida no tiene precio” no podemos aventurar el valor, en si mismo, hasta que ésta se pierde y a través de su historial clínico; que es el que nos proporcionará datos tangibles y cotejables.
Y cuando pasado un tiempo prudencial los tengamos, dado que todos pertenecemos a la casa común de nuestro Estado, tendremos la conclusión de que lo que pierde Hacienda al habernos convertido en un colectivo saludable y también, lo que ahorrará Sanidad, en Gastos Clínicos o de Farmacia.
Que no sirva esta disculpa, más puñetera que otra cosa en época de crisis, para frenar el ímpetu de la loable y bienvenida Campaña que prohíbe fumar en espacios cerrados –con la que, a la verdad, se está en la gloria- para hacer la vista gorda y para que en una especie de remontada, nos ganen la partida los beligerantes.
La llorada de los hosteleros –digo yo- nos pareció una especie de globo sonda, un deseo quizás de alinearse con la clientela; un “bluff” más bien, que se disolvió como un azucarillo en un café con leche.
Ganó, parece ser, la coherencia y las razones de salud.
Y hemos de decir también que los propios fumadores, poniendo mucho de su parte y conscientes de que en cada aspiración al cigarrillo, van dejando un jirón de su salud, no quisieron enturbiar en muchos casos la de sus amigos y allegados.
Que mejor coyuntura que la proximidad y concordancia de las dos Ministras, de Hacienda y Sanidad del mismo Gobierno de España y si no me equivoco no fumadoras ambas, para ponerse una vez más al pairo y decir: “Hoy por su señoría; mañana por la mía”
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Hoy nos hemos enredado en la ludopatía como fenómeno psicosocial.
Desde luego, no es un estupefaciente, no se ingiere, es legal, ya que está permitida y además, admitida por la sociedad, que no deja más secuelas que las económicas y que se define, “como un impulso incontenible de realizar el juego, pese a ser consciente de sus consecuencias y del deseo experimentado a veces de abstenerse” pero que se enmarca en lo que podemos considerar un problema adictivo sin intervención de substancia alguna.
No es una droga en el estricto sentido del término, pero por constituir un estado patológico, actúa como tal desde el momento que crea adicción.
No es un vicio; es una enfermedad reconocida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) cuando ya lo había sido en el año 1980 por el Manual Diagnóstico Estadístico de la Asociación Americana de Psiquíatras.
Aunque durante la enfermedad el afectado, puede sufrir procesos de depresión por las pérdidas en el juego, ansiedad, ataques cardíacos, o intenciones suicidas, si no recibe asistencia facultativa.
Para tratar el tema aunque sea con la brevedad que esta página requiere y con el rigor que nuestros lectores merecen, no dudamos en recurrir a las fuentes donde se pueden saciar las ansias de conocimiento.
Así, casi transcribimos, sobre lo que el juego nos dice en cuanto al diagnóstico, cualquier Enciclopedia. Pues según ésta, el individuo afectado debe cumplir al menos cinco de los siguientes diez síntomas.
- Preocupación. El sujeto tiene pensamientos frecuentes sobre experiencias relacionadas con el juego, ya sean presentes, pasadas o producto de la fantasía.
- Tolerancia. Como en el caso de la tolerancia a las drogas, el sujeto requiere apuestas mayores o más frecuentes para experimentar la misma emoción.
- Abstinencia. Inquietud o irritabilidad asociada con los intentos de dejar, o reducir el juego.
- Evasión. El sujeto juega para mejorar su estado de ánimo, o evadirse de los problemas.
- Revancha. El sujeto intenta recuperar las pérdidas del juego, con más juego.
- Mentiras. El sujeto intenta ocultar las cantidades destinadas al juego, mintiendo a su familia, amigos o terapeutas.
- Pérdida de control. La persona ha intentado sin éxito, reducir el juego.
- Actos ilegales. La persona ha violado la ley para obtener dinero para el juego, o recuperar las pérdidas.
- Arriesgar relaciones significativas. La persona continúa jugando a pesar de que ello suponga arriesgar o perder una relación, empleo u otra oportunidad significativa.
- Recursos ajenos. La persona recurre a la familia, amigos o a terceros para obtener asistencia financiera como consecuencia del juego.
Los tratamientos son diversos y casi todos, aparte de la medicación que psicólogos y psiquiatras consideran oportuna, también todos ellos se apoyan en los grupos de autoayuda al estilo de los empleados por los grupos de Alcohólicos Anónimos, los cuales usan un modelo de 12 pasos que hacen hincapié precisamente en la autoayuda.
Son cerca de medio millón las personas afectadas por la ludopatía en España, registrándose muchos de estos casos en gente joven; quizás por el deseo de encontrar dinero fácil o, ante la falta de perspectivas que les ofrece la sociedad. Y casi 800 mil presentan algunos de los síntomas característicos de los ludópatas.
Y otro dato interesante y significativo es el que nos dice que el 40 por ciento de los beneficios de las máquinas tragaperras proceden de dinero invertido por ludópatas.
Lo que el ludópata no alcanzó a ver ni a pensar de una manera palpable, es que el dinero que el tira por la ranura de las máquinas tragaperras, tiene que dividirse en tres partes. Tiene que beneficiar al dueño de la máquina, al que la tiene alquilada en un lugar público –como beneficio seguro- y a los que juegan -como beneficio incierto-
El novelista ruso Fiodor Dostoievski escribió su novela “El Jugador” en el año 1866, en la que relata con total conocimiento de causa las desventuras del ludópata. En ella, se refleja su adicción al juego de la ruleta ya que escribió el libro, dejando volar su propia inspiración.
Obra recomendada para aquellos que quieran ahondar en el problema.
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